Europa debe actuar con urgencia para seguir siendo un espacio de innovación competitivo. «El futuro —dijo el escritor Antoine de Saint Exupéry— no hay que predecirlo, sino favorecerlo». Es una gran frase a la que Europa debería hacer caso. Y es que en los últimos tiempos se ha extendido en la Unión Europea una actitud que, con demasiada frecuencia, obstaculiza el futuro más que lo favorece.

Esta actitud se fundamenta en su visión de la globalización y la competencia no como un impulso y un factor de bienestar, sino como una amenaza. Se trata de una actitud de defensa de lo conseguido más que de atreverse con lo nuevo. Un clima así no contribuye a que las innovaciones florezcan y los inventores puedan prosperar, y esto pone en peligro nuestro bienestar y condiciona nuestro futuro como región. Necesitamos una Europa próspera y no podemos poner en riesgo nuestros logros.

La existencia en Europa de un profundo escepticismo ante los avances técnológicos es un hecho demostrable. Por ejemplo, en la encuesta «Radar tecnológico 2018» realizada en Alemania, solo una cuarta parte de los encuestados consideraba que la tecnología resuelve más problemas de los que crea.

Como consecuencia de este escepticismo tecnológico, Europa podría estar perdiendo peso en el terreno de la innovación y cediendo a otros el progreso en este sentido. Por ejemplo, en lo referente a la inteligencia artificial, Europa se está quedando atrás frente a Estados Unidos y China, que avanzan a grandes pasos.

La situación no es mejor en otro terreno pionero: las nuevas técnicas de selección como CRISPR/Cas. Esta técnica permite complementar la selección convencional, y en algunos casos sustituirla, utilizando un método mucho más preciso y rápido. Hacen posible, por ejemplo, la selección de plantas que produzcan más o que sean más resistentes a la sequía. Estas tecnologías pueden ayudar de forma fundamental a alimentar a una población creciente ahorrando recursos y mitigando las consecuencias del cambio climático.

Es un ámbito en el que Europa contaba con excelentes condiciones para situarse en un lugar destacado y en el que sin embargo ahora se frena por una sentencia del Tribunal de Justicia Europeo. El año pasado, los magistrados llegaron a la conclusión de que CRISPR/Cas y técnicas similares deben considerarse ingeniería genética y, por lo tanto, regularse de forma correspondientemente estricta. Esto amenaza con expulsar de nuestro territorio esta prometedora tecnología. En realidad, no existen motivos objetivos para que las plantas seleccionadas con estos métodos se vean sometidas a una reglamentación especialmente estricta, ya que no contienen genes procedentes de otras especies y no se diferencian en absoluto de las plantas seleccionadas por métodos tradicionales.

La pelota está ahora en el tejado de los políticos, quienes deben crear un nuevo marco jurídico que permita seguir desarrollando esta tecnología en Europa. En caso contrario se volverá a transmitir al resto del mundo el mensaje de que no tenemos intención de liderar el avance en este sentido.

¿Qué necesitamos entonces para que Europa vuelva a ser un espacio de innovación competitivo de primera categoría? Tres cuestiones deberían ocupar un lugar primordial en la agenda.

  1. En primer lugar, el Brexit. La salida del Reino Unido de la Unión Europea representa un golpe especialmente duro para la capacidad innovadora de la UE. Al fin y al cabo, se trata de uno de los países más innovadores de Europa. Por eso es muy importante que, de cara al futuro posterior al Brexit, la UE aspire a mantener la máxima integración posible con el Reino Unido, no solo en el ámbito económico sino especialmente en el científico y tecnológico.
  2. El segundo aspecto es el capital riesgo. Estados Unidos ha mostrado que el capital riesgo es extremadamente importante a la hora de traducir las innovaciones e ideas científicas en empresas de éxito. Otras regiones, incluida Europa, están dando pasos en ese sentido, pero aún queda mucho por estar a ese nivel. En 2017, las inversiones de capital riesgo en Estados Unidos ascendieron a 63.800 millones de euros mientras que en Europa fueron de solo 15.600 millones. Estas cifras solo permiten una conclusión: Europa debe hacer aún más para que la puesta en práctica de ideas prometedoras no fracase por falta de fondos.
  3. Pero el punto más importante es el tercero: lo que más necesita Europa es un cambio de cultura y de mentalidad. Debemos dejar de obsesionarnos por los posibles riesgos y abrazar una cultura audaz y activa orientada hacia las oportunidades y posibilidades. Lo que quiero decir es que es necesario y positivo que el progreso tecnológico sea objeto de un debate público amplio y crítico. Sin embargo, es decisivo que este debate se desarrolle de forma objetiva y que las decisiones reglamentarias se basen en datos científicos sólidos.

Desgraciadamente, hoy en día en la UE estamos muy alejados de ese ideal. Los debates tienen un carácter muy emocional y, a menudo, están muy alejados de la base de evidencia científica. Esto hace que se aviven temores y que estos tengan su reflejo en una reglamentación restrictiva que en lugar de animar el progreso, lo impide.

Con esas condiciones, muy probablemente, la humanidad no habría podido alcanzar los logros de los últimos tiempos, unos logros que nos han permitido avanzar como sociedad en ámbitos tan importantes como el aumento de la esperanza de vida, que en 1800 era de 31 años, mientras que hoy alcanza los 72 años.

Siendo justos, tenemos que decir que el avance de los últimos siglos en prácticamente todas las áreas de la vida ha sido posible gracias a la ilustración, que situó al ser humano y la ciencia en el centro de todas las cosas. Una idea que surgió precisamente en Europa. Es importante tener presente también ahora este espíritu, que fue el que permitió a Europa aportar grandes innovaciones al mundo como la imprenta y el piano, el microscopio y la máquina de vapor, los antibióticos y los automóviles, el airbag o los reproductores mp3, y en la que se construyó el primer ordenador.

En el futuro podemos seguir alcanzando grandes logros. Sería magnífico vencer enfermedades como el cáncer o el alzheimer, igual que lo hicimos en su momento con la viruela; o poder tener alimento suficiente para todo el mundo y acabar con el hambre que aún afecta a 800 millones de personas en todo el mundo. Nadie sabe si podremos conseguirlo. No podemos prever el futuro, pero sí permitir el avance para que este futuro sea cada vez más posible.

Werner Baumann, Presidente del Consejo Directivo de Bayer AG

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